El villano perfecto – Capítulo I

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¿Advertirles? Creo que solo empeoraría las cosas. Hay un villano entre nosotros y lamentablemente, solo me queda ver de lejos cómo se sale con la suya. 

     Para empezar, no puedo negar la cierta admiración que siento hacia él. Como fan de las historias de terror, de villanos complejos y tramas enredadas, nunca se me hubiese ocurrido crear un personaje tan sombrío. 

     ¿Y qué lo hace un villano tan PERFECTO? Fácil, que nadie sospecha de su existencia. Y peor aún, nadie me creería si rebelara sus intenciones y su verdadera identidad.

 

Uno de mis mejores amigos es un vampiro. Lo sé, suena sacado de los pelos, pero es verdad. ¡NO ESTOY LOCO!

     Lo peor de todo es que, desde hace cinco años, se ha vuelto pieza inseparable de nuestro grupo. No voy a negar que hasta le tengo cariño; es un personaje súper simpático. Así que, aunque pueda sonar al peor plan de todos, creo que, si lo enfrento, podríamos llegar a buen puerto. Mi intención es que se aleje y ya; no pienso clavarle una estaca en el pecho ni nada parecido. He visto suficientes películas de terror y leído infinitas novelas de vampiros como para tener bien en claro que sería una pelea perdida.

   La cita fue en mi casa. Obviamente, la reunión tenía que ser de noche: a las nueve en punto. ¡Oh, qué casualidad! Nunca está disponible por las mañanas.

     —Hola, disculpa la demora.

     Daniel sacó un reloj de bolsillo para ver la hora apenas le abrí la puerta de mi casa. Eran las nueve y cinco de la noche. Luego volvió a mí y me sonrió. Sentí como se me helaba la piel.  

     —¿No me vas a invitar a pasar?

     Agaché la mirada y vi los pies de Daniel, plantados a unos centímetros de la entrada. 

     —¿Necesitas una invitación? Eso es muy extraño —le respondí con nerviosismo.

     —¿Te paso algo, Abraham? Te noto algo… ¿sacado?… Asustado quizá sea un mejor término. Pareces un conejo acorralado frente a su presa. Y ya sabes lo que se dicen de los grandes depredadores, disfrutan el miedo en sus víctimas. 

    Sentí un brillo diferente en los ojos negros de Daniel. Era muy astuto. Sin necesidad de decir algo más, era evidente de que él sabía mis intenciones. Daniel era consciente de que había descifrado lo que verdaderamente se escondía detrás de tu bonachona y falsa sonrisa.  

     —Mejor admítelo y ya. Nos ahorramos toda esta discusión. 

     —¿Admitir qué?

     —Que eres un…

     —¿Que soy qué?

     —Un vampiro…

     Daniel se puso serio; la palidez de su rostro parecía casi translúcida por el brillo de la luna que le daba directo en la cara. Agachó la mirada para luego volver a mí con una sonrisa dulce. Sus ojos se pusieron vidriosos, sus cachetes se inflaron hasta que ya no pudo contener unas hilarantes carcajadas. 

     —¿Qué es tan gracioso? —le preguntó con temor. El momento era tenso, no dejaba de reírse y el sonido era cada vez más molesto, como si el sonido pudiera entrar directo a mi cabeza, sin necesidad de pasar por mis oídos. 

     Daniel dejó de reír y se cogió el estómago. Las uñas de sus manos empezaron a crecer considerablemente; como todo su atuendo, las llevaba de negro.

     —Lo siento, Abraham. He sido muy descortés contigo al reírme de esta forma. Pero te prometo que no me estoy burlando de ti. Me rio por lo que te va a pasar ahora.

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