Aquellos besos que no di – Capítulo I

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—Tienes diez minutos para arreglarte e ir por ella. Si la sigues haciendo larga no vas a llegar a tiempo, Mario. Vas a tener que guardarte lo que sientes para siempre.
Ale me estaba poniendo en jaque. Pensé que todo había terminado; que me sacara a la fuerza de mi cama no estaba en mis planes, había asumido mi derrota y ahora que una oportunidad, aunque pequeña, se asomara como una tímida luz por la ventana, me aterraba.

—No hay nada que pueda hacer…

—Aún sigue en su casa, si te apuras, llegarás antes de que salga al aeropuerto.

—Debe de estar molesta por no aparecerme en su despedida…

—Mario, ella te conoce de toda la vida, por favor, eres un ermitaño, nunca vas a nada. Aún así ella es tu mejor amiga, te quiere así y lo sabes.

—Pero no como la quiero yo, Ale. Ella no siente lo mismo por mí.

Ángela

He sido su mejor amigo desde el colegio; paño de lágrimas en cada ruptura del corazón. Más de mil planes en mi cabeza, situaciones y maneras en las que podría acercarme a ella y besarla, pero nunca me he atrevido; ni siquiera cuando hace unos meses bailando en el matrimonio de Ale, algo alborotados por el alcohol, nuestros cuerpos se acercaron como en una película romántica. La vi cerrar los ojos y rodearme el cuello con sus brazos, pero me acobardé. Ahora estoy tocando repetidas veces el timbre de su casa sin una señal; no sé cómo diablos Ale logró convencerme de ir a buscar a Ángela y confesarle mi amor… pero lo hizo. Quizá solo llegué para que el inevitable final de desamor me cayera en la cara como un baldazo de agua fría.

Es curioso, cuando la esperanza está perdida, los sentidos se agudizan como si de un sentido arácnido se tratase. Escuché pasos y una respiración pausada al otro lado de la puerta. Me congelé. Ángela abrió la puerta, disparándome a quemarropa con su mirada esmeralda; intenté hablar, pero no conseguí más que balbucear su nombre. Pude sentirlo: ella sabía a lo que venía.


Puedes leer el tercer capítulo aquí: Aquellos besos que no di – Capítulo II

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