Son las tres y cuarto de la madrugada. Tengo la luz encendida y no me atrevo a apagarla. Hace quince minutos recibí una llamada, de esas que pueden cambiarte la vida en un segundo. Es inevitable no volver atrás y recordar esa noche. Quizá Jonathan tenga razón y ella aún nos esté buscando. Tengo esa sensación cruda y gélida, de que, si apago las luces, ella vendrá por mí.
Enero 1999:
Quizá haya sido uno de los pocos niños que realmente odiaban las vacaciones. Nunca fui bueno para hacer amigos. Eran meses de espera y aburrimiento. Me pasaba casi todo el verano sentado a afueras de mi casa, viendo a la gente pasar. Mi mamá me decía que me haría bien, que ninguna aventura la encontraría encerrado con mi Súper Nintendo. Y tenía razón; esa misma tarde iba a empezar una gran aventura…pero no necesariamente iba a ser una buena.
Mientras intentaba ponerle la armadura a Shaka de Virgo de los “Caballeros del Zodiaco” que me regaló mi tío Carlos por navidad, escuché unos ruidos que venían del parque. Alcé la mirada y vi a un niño golpeando una varita de madera contra un árbol. Dudé en acercarme, pero la curiosidad me ganó. Con cuidado al cruzar la pista y de no alejarme demasiado, fui a darle el alcance.
—Pensé que nunca vendrías. Me llamo Jonathan —dijo el niño apenas me vio llegar, sin dejar de golpear su vara de madera contra el árbol.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté con algo de timidez.
—Intento romper esta madera para que quede en punta y armarme con algo. Estamos en peligro. Me he mudado recién con mi mamá y debo protegerla.
—¿Protegerla de qué?
—Ves esa especie de montaña, niño —dijo Jonathan, refiriéndose a la Huaca Mateo Salado en el distrito de Pueblo Libre.
—Sí, mi mamá me dice que no vaya allí. Que me puedo hacer daño.
—Tu mamá tiene razón. Es peligroso. Hay una bruja allí y voy a cazarla.
Febrero 1999:
Jonathan y yo nos volvimos muy buenos amigos. Fue muy divertido saber que nos llamábamos igual. Nos encantaba jugar con los autos de carrera que él tenía o ir al parque con mi pelota. Pero si había algo que realmente lo obsesionaba, era la leyenda de “La bruja Elena”. No había día que mi amigo no hablara de eso y que no planeara la forma de escabullirse de noche de su casa y atraparla. Según él, a las tres de la mañana, ella aparecía. Quizá mi error fue no preguntar más y simplemente asumir que era producto de su imaginación. No pensé que mi mamá y su mamá se harían amigas también, ni que una noche, tras ellas salir juntas, yo me quedaría a dormir en su casa, supuestamente cuidados por la hermana de su mamá, que desde que llegó, se quedó dormida en el sofá de la sala.
—Despierta Jhonnattan con doble T —escuché de pronto en medio de la noche.
No veía nada, hasta que la luz de una linterna se prendió en mi cara, acabando bruscamente con la oscuridad de la noche. Era mi tocayo.
—Vamos rápido. Es hoy o nunca. Tengo mi resortera, la linterna de mi mamá y las llaves de la casa. He afilado un par de varas. Esas serán tus armas. Hoy atraparemos a la bruja para que no vuelva a molestarme por las noches.
Cogí las dos varas de madera entre dormido y despierto. Y sin decir nada, seguí a Jonathan. No fue difícil salir de la casa. La tía de mi tocayo dormía como un tronco.
Ambos en pijama y armados con resorteras, varas y piedras, fuimos hasta el parque de la cuadra, dispuestos a subir a la Huaca. Son esa clase de decisiones las que te atrapan y te abren paso a un portal, que, aunque pueda haber retorno, no regresas siendo el mismo.
Puedes leer el primer capítulo aquí: La hora muerta – Capítulo II
Un comentario
La conocida Bruja Elena de la huaca!