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A mi hermano Carlos.

 

Martes 22 de abril de 1997.

San Isidro, Lima – Perú

 

15:19 horas.

Una gota de sudor surca la frente del Capitán EP Ferrera; su trazo diluido refresca la piel de color verde y negro en su rostro. En los últimos minutos la respiración se vuelve más pesada. Los otros efectivos de su unidad táctica están callados; apoyan sus figuras contra las paredes. El único ruido es el de las aspas del ventilador que alivia la temperatura y mantiene el ambiente en calma. Ha transcurrido más de una hora desde que entraron al túnel con todos sus pertrechos. La última sonrisa que vio fue la de su mujer, Carla, en su imaginación antes de descender por las escalinatas de madera. No, no era momento de distracciones. Si los dados están a su favor, ya se reunirá con ella luego de meses de mentiras piadosas. No era justo preocuparla. Ella sabía desde el principio que involucrarse con un militar no solo era sinónimo de fotitos en uniforme y sonrisitas en las ceremonias anuales del Círculo Militar, ni vítores desde los estrados en los desfiles de la Avenida Brasil. Ella sabía, pero tal vez todavía eran muy jóvenes cuando esta nueva vida empezó con las visitas dominicales a la Escuela Militar de Chorrillos diez años atrás. Ella sabía, pero desde hace cuatro meses quizá ya no tanto. —No, fuera de mi mente. Respiración. Uno, dos, tres. Exhalar. Uno, dos, tres. Inhalar—.

Los rostros de sus compañeros dibujan una seriedad fúnebre. Ferrera siente el peso de su subfusil de asalto, en color negro, de luto para la ocasión. La cacerina guarda las almas de treinta vidas, imperturbables, quietas. Están listas para ser liberadas a discreción bajo la técnica del tiro instintivo selectivo. Ferrera ya no es el tipo de veintinueve años, gracioso, gentil y generoso, que pasea por los caminitos del Parque Salazar con su madre los domingos, luego de concluida la misa, un poco de brisa marina en el Parque Domodossola y un serpentín de florecillas blanquirrojas por el Malecón de la Reserva. Dejó de serlo una vez más hace dos días, como en los otros despliegues. Ahora solo es espectador y director de un procedimiento, de una secuencia lógica.

Lleva en su pecho una carta, cobijada en el bolsillo interno de la chaqueta camuflada: un recuerdo en unas letras para su madre, su hermana Natalia y Carla. Si la operación es desfavorable para él, entonces prefiere que lo tengan presente como un comando que creyó en un ideal y fue a cumplir una misión. Luego de las líneas de despedida deja unas instrucciones con la ubicación del álbum de fotos, escondido entre las revistas de su baño. En las imágenes todavía sale papá; en la pérgola de la heladería D’Onofrio del Parque Kennedy, preside la mesa con mamá, una mesa feliz hace tan solo cuatro años. Banana split y milkshake de fresa. En la siguiente foto aparece el último verano de los cuatro, todos con los pies mojados en la orilla de las playas de Santa María. Una foto con Carla en la calle Choquehuanca, luego de una película en Camino Real. Tantas historias.

Los hombres están agazapados, algunas rodillas se hincan y descansan en el suelo frío. Las estructuras que dejaron los mineros soportan por encima un jardín hasta la saliente por donde el suelo los escupirá sin marcha atrás. Decisión y acción. Cada perro mata sus pulgas como puede, y Ferrera respira nuevamente; pone en blanco sus pensamientos, atento a la entidad que conforma junto a su equipo. A su lado, el Sub Teniente EP Galarza juguetea con la empuñadura de su subfusil HK MP5. Sus dedos se mueven al ritmo de las hélices del ventilador. Delante de todos va el Comandante EP Ramírez. Veterano. Está inmóvil, taciturno. Los últimos cinco minutos ha estado apoyado en la culata de su armamento. Es el líder de los doce comandos que componen el escuadrón Omega-4, uno de los seis grupos que ingresarán a liberar a los rehenes cautivos en la residencia del Embajador de Japón. Tienen como consigna la dominación de la primera planta del inmueble.

 

15:20 horas.

Ferrera cierra los ojos y repasa una vez más la incursión. Observa la réplica de la mansión construida en estricta confidencialidad dentro de la base, en algún lugar entre Chorrillos y Surco. Detonación. El Comandante Ramírez es el primero en salir y abrir camino. Su segundo es el Mayor EP Rojas, encargado de cubrir su ingreso y proteger su desplazamiento, así como reemplazarlo en caso de baja. Los primeros en entrar en contacto con el enemigo. Son los dos hombres que garantizan la presencia del escuadrón en el pórtico luego de aparecer por el ala sur. La velocidad y precisión son fundamentales para el cumplimiento de la misión durante el despliegue operativo. Detonación en la puerta. Ingreso a la residencia. Primera habitación a la derecha. —¡Entro, entro, entro! ¡Reviso, reviso, reviso! ¡Limpio, limpio, limpio! — Pasillo. Panorámica de la escalera. Segunda habitación. —¡Entro, entro, entro! ¡Reviso, reviso, reviso! ¡Limpio, limpio, limpio! — Desplazamiento hacia el hall. —¡Entro, entro, entro! ¡Reviso, reviso, reviso! ¡Limpio, limpio, limpio! — Objetivo cumplido.

El llamado de la patria surge en el espíritu de sus mejores hijos cuando se ve vulnerada. Aquel día ahora lejano de diciembre, Ferrera sabe que participará en cualquier operativo que se organice para recuperar el honor herido del país y liberarlo de la delincuencia terrorista. Tiene en mente la estadística en circunstancias como esta: se espera un treinta por ciento de bajas en los escuadrones de intervención.

Su cuello es un mar agobiante; el calor del túnel cada segundo es más denso. La correa del subfusil adormece ligeramente su brazo. Se pone de cuclillas para tocar el concreto frío del suelo y aliviar las sensaciones. Todo el pelotón está listo para la acción. En el ambiente se perciben las ansias por recibir la orden y ejecutar la misión.

Desde adelante llega una voz muda:

—De pie.

El Comandante Ramírez se levanta y da la orden por encima de su hombro, con el rabillo del ojo apenas visible para su tropa. No es momento para sentimentalismos. Todas las arengas ya se exclamaron durante el descenso a las galerías. Ahora depende solo de la decisión de cada individuo y la confianza en su entrenamiento.

Los hombres se yerguen al unísono hasta donde la dimensión del ducto lo permite. Ferrera se limpia con el dorso de la mano la frente y apoya la manga del antebrazo en el rostro para remover el exceso de transpiración. Sus sentidos se encuentran en la inercia del entrenamiento. El procedimiento es claro. Escucha un murmuro de labios a su espalda. Galarza está rezando. Es el más joven del equipo. Ferrera se gira, le regala una sonrisa serena y pestañea mientras le ofrece una venia.

Alguien apaga el ventilador y el rumor de las aspas desaparece en un susurro. Un elemento menos en la ecuación de engaños es un saldo positivo en las cuentas. Metros bajo tierra no hay nadie. Esos ciento cuarenta y ocho militares no existen. La tarde de abril todavía envuelve de corrientes cálidas las calles sanisidrinas, y las casas alrededor de la residencia albergan a los mismos inquilinos de siempre.

 

15:21 horas.

El último despliegue de Ferrera en el frente interno un año atrás viene en un segundo y se posa en su retina. La oscuridad perpetua de la selva del Huallaga se ilumina con trazos claros que acompasan la navegación silenciosa de una balsa enemiga en la noche. Un disparo silba desde el centro del río hacia su ubicación, y todo el pelotón responde al fuego con fuego. El Mayor de su unidad vomita órdenes y los veinte hombres las ejecutan entre maldiciones. La música del rastrillo de sus armas revela a qué naipes juegan. La balsa enciende su motor y relincha por huir desesperadamente. La bulla dura lo que tardan las cacerinas en ser descargadas. La silueta de la embarcación flota sobre el lecho del río hasta que el líquido termina de inundarla, y la lleva a pique con los cuerpos de los tucos y el recuerdo de su insania.

—De un pueblo y su fuerza armada, siempre unidos, siempre alertas, para arrojar a cualquier invasor —Ferrera busca darse moral en un movimiento de la comisura de sus labios. Se canta a sí mismo en voz baja. Repite la misma letra que entonó con su unidad cuando el helicóptero los arrancó al amanecer de las entrañas del Huallaga después del combate.

Adelante el Comandante Ramírez mira el reloj atado a su muñeca y atrás Ferrera mira la suya. Ve el catéter conectado a su antebrazo. El dispositivo está listo para facilitar una transfusión sanguínea si todo se tuerce. Lástima si es así. Los médicos del equipo de apoyo dieron esa opción. Piensa en el despliegue del Huallaga, el rigor mortis del Técnico Quispe por no atender con agilidad su hemorragia. El traslado de su cuerpo a Lima. Los rostros cetrinos y acongojados de los comandos en el camposanto. La familia de Quispe adelante mientras un oficial se aproxima con la bandera para ofrendársela. El llanto ahogado de su madre. El toque de silencio mientras el féretro se hunde en la tierra.

Ferrera pestañea y cubre con su mano el catéter. —No te preocupes, Quispe. Esta tarde vamos a devolverle tu recuerdo y el de tantos otros compañeros a esos malditos —Ha pasado largo tiempo desde que el Perú se desangra oprimido.

—Preparados —indica el Comandante Ramírez con firmeza.

Da la orden y todos la ejecutan con disparos de adrenalina por el cuerpo. Formación en columna. Los comandos se abrochan los cascos, revisan una última vez sus armamentos, se ajustan los chalecos e inspeccionan sus cargas. El calor y la humedad del túnel son asfixiantes. Los hombres desean una bocanada de aire fresco con el sabor de la libertad y la gloria. Queda poco, llegará cuando asciendan hacia el exterior. La cadencia de las respiraciones se hace más agitada. Los rostros llenos de sudor brillan en la penumbra y algunos cruzan miradas tensas. Ferrera siente sus piernas frágiles durante unos segundos; tiemblan, luego se tornan pesadas.

 

15:22 horas.

Su última ocasión bajo las órdenes del Comandante Ramírez es en el frente externo. El Capitán Ferrera admira el laconismo de su superior y el temple demostrado en los momentos de acción. En los primeros meses de 1995, el enemigo es un país vecino, cuyas aspiraciones territoriales causan el movimiento de tropas peruanas hacia la frontera norte. Por aquel entonces, Ferrera es un Teniente con pocos años de experiencia, a cargo de cubrir la retaguardia del campamento. Es observador con las decisiones de los líderes operativos y se entretiene descifrando las razones que conducen a estas.

En los últimos días de febrero se habla de paz, pero no pasa jornada en la cual el reporte no indique enfrentamiento y contacto bélico con el invasor. Una patrulla interceptada, una baja confirmada, la captura de una bandera y distintos enseres del otro país. Su misión es proteger la retirada del enclave. Entiende la importancia. Le corresponde lidiar con el deseo de ir al frente junto a sus compañeros.

Un año y dos meses después Ramirez se gira. Sonríe orgulloso. Tiene los ojos totalmente negros, dilatados en la oscuridad. Muestra el mismo porte que en el Cenepa, el día cuando retorna a la base con el cuerpo herido de un soldado cargado en sus hombros y su fusil en la mano, el rostro lleno de barro y sangre, y el júbilo del triunfo en sus ojos. Ferrera sabe que lo seguiría hasta el mismísimo infierno, el cual se encuentra hoy a solo unos metros por encima de sus cabezas. El Comandante borra su rostro tras una máscara antigas y se dispone junto al resto de sus hombres.

Es la hora de recuperar la dignidad del país. Los doce corazones aceleran su ritmo y estremecen los cuerpos uniformados. Se escucha una voz desde la radio asignada a Omega-4.

—Todos listos y en posición.

La voz del Coronel irrumpe en el recinto. El mismo mensaje resuena en la totalidad de los dispositivos instalados en las salidas de cada escuadrón. La sombra del miedo oscurece aún más el túnel. Los comandos se dan moral ahora unos a otros. Ferrera siente la mano de Galarza apoyarse en su hombro. Le responde con un puño en alto que hace temblar en señal de fuerza y valor. El momento vuelve a romperse con las palabras que entran por la transmisión. Las reconoce. Las escuchó innumerables veces durante los infinitos ensayos del procedimiento.

—Tengo el control, tengo el control —afirma crudamente el Coronel, y su timbre brota del altavoz de la radio.

Ferrera toma aire y aprieta sus pulmones contra sus costillas. La musculatura se tensa y se siente pesada.

—Cinco —empieza la cuenta regresiva.

El subfusil tiembla entre sus manos. Sus dientes repican unos con otros. El sudor empapa su nuca y cae hacia su espalda.

—Cuatro —el ingreso es inminente.

La cuenta se interrumpe un instante y una vibración estremece la tierra; se extiende hacia las estructuras de madera, se remecen los equipos dispuestos en las vigas y algunos cascos giran sobre sí para entender qué está ocurriendo. Suenan las palas de un helicóptero rasante.

—Tres —se retoma el conteo.

Ferrera se encomienda a Dios; piensa en papá, que ya está en el Cielo. —Papá, tengo miedo —quiere decirle, como lo hacía veinte años atrás desde su habitación en la noche negra después de sufrir una pesadilla.

—Dos —la voz del Coronel es inmutable.

El Capitán Ferrera aprieta sus labios y cierra los ojos. Todo es sombrío al final del túnel.

—Uno —el sonido se extingue.

El silencio reina ahora y también la oscuridad.

 

15:23 horas.

Victoria.

 

 

Plaza de Santo Domingo, Murcia.

Septiembre de 2024

Francisco Miguel Gayoso Ferreyra

*Este es un relato basado en el heroico rescate realizado por los valerosos comandos de la Patrulla Tenaz en la Operación Chavín de Huántar. Todos los nombres, así como los de sus unidades son ficticios. Honor y gloria.

 

Autor

2 respuestas

  1. Estremecedor y vibrante relato de un hecho memorable vivido en territorio peruano. Permite ponerse en la piel y la mente de los audaces comandos que arriesgaron la vida para liberar a los 72 rehenes cautivos durante varios meses. Esta narración aviva nuestro recuerdo y gratitud al Ejército Peruano.

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