Silencio. Solo mis pisadas lo quebrantan. Soledad, frío, miedo… Nuevamente soledad, asfixiante y perturbadora. Me queda una bala y la guardo para mí. La guardo para huir de este infierno cuando la suerte se me haya acabado por completo.
Es un día soleado de invierno. Cuando ya no queda nada por hacer, le empiezas a tomar gusto a estas dualidades de la naturaleza; te arranca una sonrisa.
Hay una casa con la puerta abierta a unos metros. Estoy exhausto y no he comido en días. Seguramente ya ha sido saqueada, pero siempre hay algo más; nunca pueden llevarse todo, cualquier ruido en falso puede atraerlos. Caminé despacio, todo este tiempo he sobrevivido por instinto, aunque llevo buen tiempo deseando mi muerte… definitivamente no así, no quiero ser devorado por esas bestias infernales que han perdido todo vestigio de humanidad; se les ve en los ojos: son máquinas de matar.
Apreté los dientes y contuve la respiración cuando pasé por la puerta. En un inicio todo era caos, gritos, muerte. Ahora, luego de cinco años, solo silencio, nuevamente ese maldito silencio. Di un vistazo general por el primer piso de la casa: no había ni agua ni comida, pero un ruido en la segunda planta llamó mi atención. ¿Ir o no? Me acerqué a las escaleras. El ruido tomó forma de un llanto agudo y un forcejeo. Sea lo que sea, no era mi problema. Ya había sido testigo de una situación parecida hace unos meses. No pude hacer nada. Sabía de qué se trataba. ¿Quién lo diría? En un mundo lleno de monstruos encontramos la manera de ser incluso peores.
—¡Lárgate si no quieres problemas! —ladró un asqueroso hombre robusto de barba gris apenas me vio entrar a la habitación.
El infeliz sostenía a duras penas a una mujer agotada, que hacía hasta lo imposible por zafarse de él y poder ayudar a una niña asustada en la cama, a punto de ser violada por otro sujeto, alto y delgado, con una sonrisa perversa y con los pantalones abajo. Mis sospechas fueron ciertas. Decidí ir e intentar hacer algo; aunque no tenía un plan, no iba a poder marcharme si estaba convencido de que se trataba de un abuso. Lo peor que le podía pasar a una mujer y a una niña era encontrarse con enfermos como ellos, que, luego de abusar de sus víctimas, las asesinarían sin remordimiento alguno. Cada día era más común toparse con escenas como estas o peores. Ya no quedaban personas sensatas en este mundo. Vivir cinco años en este apocalipsis solamente sacó lo peor de nosotros.
—Mira, dame una mano con esta perra, sostenla para que mi compañero y yo podamos divertirnos con la niña. Luego, son todas tuyas: ¿qué dices? ¿No te gustaría estar con una mujer? Seguro que sí, campeón, ven y dame una mano.
Las armas y las balas escaseaban. Si ellos tuvieran alguna, ya tendría, para estos momentos, una bala en la cabeza. El hombre delgado había puesto a la niña boca abajo y le empezó a bajar los pantalones mientras se reía con demencia. Ni siquiera me prestaba atención. Una bala. Solo me quedaba una bala. La había guardado para mí. Para escapar de este infierno cuando haya llegado el momento. Miré a la mujer. Era morena y tenía el rostro golpeado. Me hablaba, veía como ella y el hombre robusto movían sus labios hacia mí, pero no escuchaba nada. Nuevamente: silencio. Mis ojos manifestaron tristeza y miedo a través de las lágrimas. Nunca había matado a una persona. En cinco años en el infierno, había hecho todo lo posible para mantener mi esencia y convicciones. Disparé al hombre robusto en la cabeza. La mujer cayó al suelo. El hombre delgado con los pantalones abajo soltó a la niña. La niña corrió a los brazos de la mujer. Yo corrí hacia el hombre delgado y lo golpeé con el arma hasta matarlo. Lo golpeé tan fuerte en la cabeza que le destrocé el cráneo y me fracturé la mano derecha. Alcé la mirada. Veía borroso. La mujer y la niña estaban abrazadas en un rincón de la habitación. Suspiré y caí al suelo inconsciente.
—No hagas ruido… ya están aquí. Sus ojos me arrancaron una sonrisa, hace tiempo que no veía unos tan bonitos. A pesar del tenso momento, su tonalidad verdosa clara me transmitía paz.
Como si fuera una sorpresa escondida en la espalda de la mujer, una niña rubia de cabello grasoso y encrespado apareció para observarme con curiosidad y miedo.
Después de todo lo que había pasado, era normal que se sienta desconfiada frente a un extraño.
—¿Qué está pasando? —pregunté en voz baja.
—El ruido de tu arma los atrajo. Pensamos en dejarte, pero tú nos salvaste, así que nos quedamos para cuidarte.
—Hicieron mal —le repliqué a la mujer, poniéndome de pie—. Debieron irse. Si son muchos, no vamos a poder librarnos de ellos.
Mis palabras aumentaron el miedo de la niña; aunque intentaba no hacer ruido, las lágrimas salían a chorros por sus grandes ojos marrones.
—Están por todo el primer piso. Siempre se les dificulta subir escaleras. No lo harán si no encuentran algún estímulo mayor. No nos han detectado aún. Creo que aún podemos tener chance.
—Voy a dar un vistazo.
Antes de que la mujer pudiera decir algo más, salí de la habitación. Me volví a sentir débil; no había comido en días. Apreté mis puños para darme fuerza, para conectar con mi cuerpo. Caminé en cuclillas por los pasillos hasta que miré hacia el primer piso. Pude contar más de veinte en diferentes partes de la casa, jadeando, oliendo, sin dar con nosotros. He visto y escapado de cientos de ellos, pero vuelvo a sentirme aterrado ante esa mirada asesina, brutal, sin humanidad en ella. Nunca se irán de la casa. Solo tienen una consigna: alimentarse de nosotros. Nadie pudo advertirlo, simplemente pasó un día y no hubo marcha atrás. Si te muerden, estás jodido, te vuelves uno de ellos. Cinco años han pasado y sigo aquí, esperando mi muerte. Pero no así, no pienso ni convertirme en una de esas cosas, ni mucho menos morir siendo devorado vivo. Cogí mi arma, pero cuando pensé en dispararme, recordé que ya no tenía más balas. ¡Mierda! Aunque ya no me queden ganas, una vez más, tendré que luchar por mi vida.
Puedes leer el segundo capítulo aquí: Silencio – Capítulo II
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¡Con ganas de más!