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Alea Iacta Est

Julio César

El sabor de la hierba reseca nunca había sido su favorito, pero no estaba para despreciar comida que llegaba por su propia cuenta, ocasionalmente, cada vez que se colaba con dificultad entre el suelo de madera, antes de extinguirse por la falta de luz. Durante esta época del año no le interesaba salir al mundo exterior a conseguir alimento. Era interesante cuando algún ave también entraba desorientada por los agujeros de las ventanas o el orificio de la chimenea. Sin duda esas tenían mejor sabor, y la sangre todavía caliente era un consuelo contra el frío que se esparcía a través de las encías y manchaba su nariz. Sentir el líquido chorrear entre sus dientes era un placer ocasional.

Los otros miembros del clan tampoco estaban con disposición para dejar la casa de madera durante el invierno. El bosque podía ser un espacio hostil y peligroso, especialmente cuando caían tormentas. Algunos hermanos habían salido hambrientos a conseguir algo que engullir, pero solo quedaban ahora sus huellas en algún rincón polvoriento de la casa. No habían regresado jamás.

Hace un año el festín que disfrutaron había durado hasta que el cuerpo de la víctima empezó a descomponerse; de cualquier modo, las noches heladas y frías mañanas habían hecho que la carne se preservara por muchísimo más tiempo. No había sucedido lo mismo con los restos de otro humano que apareció en la temporada calurosa. En todo caso, los huesos de ambas personas quedaban como recuerdo de momentos más abundantes, desperdigados por los tablones del piso.

La niebla en diversas ocasiones había cubierto por completo los ambientes de la casa. Se colaba por las ventanas, la puerta, que el viento también azotaba y hacía retumbar toda la estructura – lo cual generaba espanto en el clan–, y los agujeros cada vez más recurrentes en las paredes de madera. La humedad seguía pudriendo con el tiempo cada milímetro de todos los espacios y muebles. La casa era realmente un refugio en medio del bosque. Sin embargo, cuando uno habita un sitio de manera indeterminada, el concepto cambia y puede afirmarse que es una casa, sobre todo cuando hay familia y es el espacio donde se come, se duerme y se hacen las necesidades.
La propiedad solamente tenía un piso y constaba de una sala–comedor, con una chimenea de piedra, un rincón para cocinar, un baño y una habitación capaz de acoger por la noche hasta ocho personas en sus literas. El lugar central de la casa era la sala–comedor, pues era el sitio donde el clan transcurría las semanas. Sobre la chimenea de piedra descansaba clavado sobre la pared el cráneo de un macho cabrío, del cual se desprendían unos cuernos que giraban y terminaban en punta en dirección a la puerta. Algunos de los visitantes ocasionales adornaban esta figura con ramas de olivo o marcaban con sangre tibia las zonas del tabique o la frente. Ah… Sí… El sabor metálico y salado de la sangre…

El olor a moho era común y ya casi ni se sentía. Solamente era más perceptible durante el verano, pero en estas épocas heladas se mezclaba con el de la hierba que crecía bajo los tablones del suelo. Aunque con el aislamiento ya podía identificar a los otros miembros por sus aromas corporales.

El reloj de péndulo todavía funcionaba de manera correcta, se ubicaba entre el baño y la habitación en un lateral de la casa. Tenía el cristal quebrado, pero las manecillas seguían moviéndose en un rumbo incesante. Marcaban las ocho de la noche. A veces se quedaba escuchando el sonido que emitía el mecanismo, absorto, como precisamente se hallaba ahora. Cuando otro ritmo distinto irrumpió en la cadencia del reloj. Era un grupo de pisadas que venían desde lejos. Sintió la irrigación de sus venas en las orejas y el calor que esto le ocasionaba. Alertó a los miembros del clan y todos permanecieron en silencio durante unos segundos. Cruzaron las miradas y salieron raudos a esconderse. Los más jóvenes se acurrucaron bajo las telas viejas del mantel que cubría la mesa, y el resto fue a la habitación, alguno se encerró en el baño; pero él decidió permanecer detrás de uno de los muebles. Esta sería la visita que aparecía cada temporada y seguramente el proceso se repetiría.

Escuchó el sonido de un cuerpo arrastrarse por la fuerza sobre el barro. Sí, sin duda sucedería lo mismo que en las ocasiones anteriores. Las pisadas ahora eran duras, pesadas, y no seguían un ritmo claro; por el contrario, se podía sentir que alguna de las personas oponía resistencia y luchaba. A cada instante todo se escuchaba con mayor claridad. Ya podía percibirse el murmullo de una conversación entre dos o tres hombres y los gimoteos de alguien a la altura del suelo.

–Efectivamente, tal como las veces anteriores –pensó.

Los visitantes ya se encontraban frente a la casa. Finalmente podía distinguir con claridad que eran los mismos tres hombres y su víctima. El humor que manifestaban era igual que en las ocasiones pasadas: una mezcla de tensión, ansiedad y excitación. Uno soltaba una risita nerviosa, mientras los otros dos intercambiaban unas frases cortas.

–¡Cállate de una vez! Esto va a ser rápido –exclamó autoritariamente una de las voces, mientras se escuchaba el ruido de una bofetada sobre la persona en el barro.
La risita ansiosa se acercó hacia la puerta y la empujó de afuera hacia adentro. Una silueta se dibujó bajo el marco de la entrada. La luz de la luna indicaba las dimensiones de alguien de estatura media. Entró a la casa y con él se escurrió el lodo hacia la sala-comedor. Una luz se encendió en sus manos y la linterna señaló hacia la alfombra donde descansaban los huesos. Avanzó apresurado y la sacudió, de modo que la osamenta crepitó contra las maderas y rodó hacia los rincones. Se levantó una nube de polvo que la linterna se encargó de volver siniestra alrededor del hombre.

–¡A ver si se apuran! Que le estamos diciendo a la chica que va a ser rápido desde hace una hora y no me gusta ser mentiroso –y las risitas se volvieron una carcajada terrible con la boca abierta.

Los dos hombres ingresaron portando a una mujer de no más de treinta años, la cual parecía una niña en comparación a las dimensiones de las otras siluetas. Llevaba un trapo atado en la boca y los ojos estaban hinchados, pero apenas abiertos, con marcas de haber sido golpeados hasta que se formaron coágulos bajo sus párpados y en las órbitas bajo sus cejas.

–Ya es el momento, señores —dijo el hombre mediano.

Los otros arrastraron a la chica y la depositaron sobre la alfombra. La mujer debía haber perdido la conciencia o se debatía entre la vigilia y el sueño, pues todavía podía escucharse una especie de lamento, una respiración difícil junto a un quejido.

El hombre mediano tenía una cabellera rubia poco espesa, peinada hacia un costado, no parecía estar desordenada, como sí la de los otros hombres, quienes además se encontraban agitados y con marcas de sudor en el rostro. Pudo verlos con claridad gracias a la luz que habían traído; pero estaba seguro de que para ellos él había pasado inadvertido.

–Oh, Maligno. Acepta este sacrificio en tu nombre —dijo el tipo más bajo mientras iba saliendo de su cintura el filo de un puñal reluciente entre el polvo de la casa.
Los otros hombres incorporaron la figura femenina y la sostuvieron arrodillada en dirección hacia el cráneo caprino. Uno la sostenía por una axila y le tiraba el cabello hacia atrás para dejar expuesto el cuello. El otro la sujetaba de la otra extremidad, y apuntó la linterna hacia la chimenea. La sangre sobre los restos óseos del macho cabrío se iluminó y brilló con frescura.

— Alea iacta est —susurró el tipo rubio mientras se desplazaba hacia las espaldas de la mujer, con el puñal en la mano derecha.

*

Desde atrás del mueble había podido observar toda la escena. No supo si fue el hambre o el deseo inconmensurable e impostergable de morder, su instinto de caza, quizá solo las ganas de actuar o el hastío del encierro, pero avanzó ante las miradas ocultas del clan hacia el hombre que sostenía el arma. Su pantorrilla era suave, podía percibirlo, se imaginó el sabor y la consistencia de la carne viva y sus dientes se clavaron en ella. El sujeto soltó un alarido inmediato.

— ¡Ah!¡Maldita rata! ¡Hija de puta! ¡Roedor asqueroso!

El zapato lleno de lodo se estrelló contra el torso del animal y este fue a estamparse contra la chimenea, donde cayó inerte.

Plaza de Santo Domingo, Murcia.
Octubre de 2024
Francisco Miguel Gayoso Ferreyra

 

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