Puedes leer el primer capítulo aquí: Morir desnudo – Capítulo I
No pude contenerme y le planté un gran beso en los labios. Sentí entrega en su respuesta. La apreté a mí mientras ella me cogía del cabello con pasión. Mi gesto de amor había sido correspondido. Pero todo fue un breve sueño. Cereza dejó de besarme y partió de mi casa sin decirme adiós. Quería ir tras ella, detenerla, exigirle explicaciones… Me acobardé, mi miedo al rechazo hizo que no me atreviera a impedir que se vaya, que se encuentre con el imbécil de Pedro. Me conformé con ser el más patético de los perdedores. A sentirme en la gloria por haber sentido sus labios por un efímero instante, y a llorar en silencio por ser un perfecto imbécil, con ausencia de pelotas para defender a la mujer que ama.
Escuché un ruido que provenía de mi habitación, en el segundo piso. Estaba bastante aturdido por todo lo que había ocurrido. Mi primera reacción fue contemplar la puerta principal de mi casa, aún estaba abierta así que la cerré. Subí lento las escaleras. En cada paso que daba, mi corazón palpitaba con más fuerza. Una extraña sensación invadió mi ser. De igual forma, no desistí y me dirigí a mi cuarto, donde finalmente me encontraría con mi verdugo. Escondido entre las sombras, me tomó por sorpresa, golpeándome brutalmente con una especie de tubo de metal, hasta dejarme totalmente vulnerable para hacerme suyo. Abusar de mí sin piedad, mientras con su aliento putrefacto, me susurraba al oído lo excitado que se encontraba. Su máscara de cuero negra, ceñida a su rostro era espantosa, deforme. Solo sus ojos saltones, brillaban en la oscuridad, aquella mirada siniestra que jamás podré olvidar.
La voz del ángel
Cierro los ojos. Respiro con fuerza mientras posiciono el arma en mi sien. Dispararé y acabaré con mi desdicha de una buena vez. Las lágrimas no dejan de resbalar por mi mejilla. Me ahogo en mi llanto, quiero dejar de sufrir, de recordar al infeliz que abusó de mí sin piedad. Finalmente, disparo. Aún sigo con vida y no recibido ningún daño. La vieja arma se averió. La lanzo con furia al espejo de mi cómoda y empiezo a gritar. La desesperación invade mi ser por completo. Mis padres entran a la habitación, justo en ese instante acababan de llegar de su compromiso. Me abrazan e intentan tranquilizarme. Totalmente fuera de mí, convulsionando delirio y al borde del vómito, les confieso el motivo de mi intento de suicidio. “El infeliz que entró a la casa no solo me golpeó… abusó de mí”.
Desperté, a duras penas podía abrir los ojos. Una borrosa silueta estaba sentada a mi lado.
—Descansa, mi amor. Todo va a salir, bien. Ya lo verás.
La voz de mi madre me daba fuerzas. La escuchaba llorosa. No me podía dejar vencer. Ella creía en mí y sufría por la suerte que había tenido. Dios me daba aliento a través de sus palabras. Es tiempo de levantarme. No puedo morir sin que ese desgraciado pague su culpa.
En busca del verdugo
— Disculpa la demora. Tuve un contratiempo.
Cereza me saludó con un beso en la mejilla. Ya había pasado una semana desde que intenté quitarme la vida y ahora me encontraba en un Café de Miraflores, aceptando la invitación de mi buena amiga para conversar un rato. Después de varios días de no saber de ella, volvía a ponerse en contacto conmigo.
—No te preocupes, no tardaste demasiado —contesté con una sonrisa.
Fueron varios segundos los que pasamos en silencio. Tan solo nos limitábamos a compartir miradas.
—Terminé con Pedro para siempre la noche que me fui de tu casa. Sé que he desaparecido estos días, pero me he sentido muy confundida. Desde que me dijiste todas esas cosas, que estabas enamorado de mí, Rodrigo…yo…
—Déjalo ahí, Cereza…
—Es que no me entiendes, no es que quiera rechazarte. Después de haberlo pensado mucho, creo que comparto ese sentimiento.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Quería besarla, tomarla de la mano y decirle lo mucho que había soñado con este momento. Pero no podía, los recuerdos de esa noche infernal volvían a mi cabeza.
—Necesito de tu ayuda —expresé de golpe, expulsando mi mirada más sombría.
—¿De qué hablas? —preguntó Karina totalmente desconcertada. La posible esperanza de un café romántico había sido arruinada por mi inesperado semblante.
—Sé que me conoce porque mientras me torturaba en algún momento me llamó por mi nombre. No he visto su rostro, pero podría reconocer su perversa mirada si la tuviese nuevamente sobre la mía. Cereza, quiero que me ayudes a encontrar al hombre que abusó de mí la noche en la que te confesé mi amor…