No abras la puerta – Capítulo I

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Alejandro se sentía inseguro y con miedo de no poder contenerla. Se sentó debajo de la puerta y sujetó un cuchillo. No quería usarlo, pero tampoco cedería esta vez. Cada tres años, a veintiún días de la luna nueva, la otra mitad de Vera despertaba en busca de alimento. Alejandro ya no podía ser más su cómplice, cada víctima le pesaba, le dolía como si él hubiera sido el verdugo. A pesar de todo el amor que sentía por ella, la detendría, aunque eso signifique el final.

—Puedo oír tu respiración. —Alejandro se levantó sobresaltado y apuntó el cuchillo hacia la puerta, temblando. Era la primera vez que escuchaba ese matiz áspero y grueso, que contaminaba la dulce voz de su esposa—. Déjame salir y acabemos con esto. ¡Abre la maldita muerta!

—¿Por qué no la abres tú? He visto lo fuerte que eres, cómo es que sales volando por el balcón de la sala, con esas alas de murciélago que tienes —replicó Alejandro, retrocediendo unos pasos.

La puerta se sacudió por unos instantes, era evidente que no estaba usando todas sus fuerzas. Si seguía encerrada, era por voluntad propia.

—Es complicado de explicar, pero digamos que el control de este cuerpo es compartido y hay ciertas reglas. Si me sigues haciendo perder el tiempo, cuando salga, serán tus tripas de las que me alimente —vociferó la bestia, enfurecida y respirando con fuerza.

Alejandro había tapado las ventanas de su habitación con madera y encerrado a Vera antes de que anocheciera, reforzando la cerradura con una cadena de acero. Pero no tenía un plan más elaborado, ni sabía exactamente a qué se enfrentaba.

—¿Qué eres? —preguntó Alejandro por impulso, se sentía confundido y atormentado. A pesar de que llevaba viviendo con Vera casi nueve años, todo se percibía igual de irreal y catastrófico que la primera vez.

Silencio gélido y desgarrador. Era como si Alejandro estuviera solo en la casa, alumbrado con la luz del pasadizo de la habitación, en el que, en un viejo mueble de caoba de color blanco, guardaba el álbum de fotos de su boda. Alejandro suspiró, cerró los ojos y se acercó nuevamente a la puerta. Quería escuchar a su esposa, decirle cuánto la amaba. Tocó la puerta con suavidad, por un instante se sintió tentado a abrirla.

—¿Sigues ahí? —Alejandro acercó su oreja a la puerta para intentar oír algo—. Sé que sigues allí, quiero respuestas…

—Creo que no estás en la mejor posición para exigirlas. Además, qué quieres que responda. ¿Qué me dirías tú si te preguntara lo mismo? ¿Quién eres? Si puedes realmente contestarme eso, seguiré yo —dijo la criatura con un tono burlón.

La ambigüedad era lo más aterrador para Alejandro, sentir que estaba hablando con Vera, y a la vez, con alguien más, completamente diferente y sombrío.

—Soy un hombre que ama a su esposa —sentenció Alejandro, volviendo a alejarse de la puerta.

—Quizá, pero también eres un cobarde que ya no quiere vivir más con esto. Estás tan asustado que te da igual que salga y seas tú del que me alimente. Siempre diciendo que odias los problemas, que no te gusta complicarte mucho, preferiste vivir ignorando la realidad por nueve años; total, sabías que Vera no dejaría que te lastime y eso era lo único que te importaba. Pero el pacto que tengo con ella no había contemplado esta posibilidad.

Las palabras de la criatura dejaron helado a Alejandro, en cierta forma tenía razón, era él quien ya no quería ser parte de esto. Hace tres años, al ver en las noticias que una pequeña niña había sido brutalmente asesinada; despellejada, mutilada hasta al punto de quedar irreconocible, fue la gota de sangre que derramó el vaso. Al menos hoy podría intentar salvar a alguien más y no quedarse de brazos cruzados como un cobarde espectador.

—¿A qué te refieres con lo que acabas de decir? —preguntó Alejandro, volviendo a apuntar el cuchillo hacia la puerta, por si a ese ser infernal, ya se le había agotado la paciencia.

—Soy el cazador nocturno que toca tu puerta, el principio y el final, la otra cara de la moneda, la que nadie quiere que salga cuando tienta a la suerte. Nací en Vera y moriré con ella. Cada tres años debo alimentarme, ese es el precio. Pero necesito el permiso de la víctima, debe ser una cacería justa, un combate digno. Me escondo entre las sombras hasta que me permita salir. Suelo ser muy persuasiva. Vera sabe lo que estás tramando y no me deja actuar. Pero cada minuto que pasa, el hambre crece más. Si abres la puerta, te contaré un secreto, te diré cómo podrías separarme de ella para siempre…

—¡Mientes! —interrumpió Alejandro con un grito—. Solo quieres convencerme para que te deje salir.

—No puedo mentirte por más de que quisiera inventar una mejor historia. Estoy limitada ante ti. No quiero hacerte daño.

Pudo sentir un timbre diferente en la última oración, similar a cuando su esposa intentaba mentir. Vera no era buena haciéndolo, siempre se reían juntos cuando usaba ese tono infantil, pero que, en la voz de la criatura, se oía aterrador. Alejandro recordó lo que Vera le dijo la última vez que la vio regresar de la cacería, llena de sangre y con lágrimas en los ojos: «No dejes que vuelva a cazar, aunque eso signifique el fin para mí. No intentes salvarme».


Puedes leer el primer capítulo aquí: No abras la puerta – Capítulo II

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