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A la mayoría de las personas les gusta cerrar el año hablando de sus logros, haciendo una recapitulación de sus aciertos. Yo prefiero hacer lo opuesto: una reflexión sobre mis errores y cómo es que ellos me llevan a una mejor versión de mí.

Con el tiempo fui acentuando una personalidad bastante sensible y conflictiva (aunque no lo parezca). Ya perdí la cuenta de las veces en las que he mandado al diablo a mis amigos más cercanos. Sé perfectamente las razones que han hecho que, por mucho tiempo, esté a la defensiva, y como no tiene necesariamente que ver con ellos, me las guardo para mí. Quizás algún día se las cuente, pero por lo pronto, me siento agradecido por la paciencia infinita que me han tenido. No hace falta decir mucho, sería bonito que alguno, por curiosidad y orgánicamente, caiga por aquí: “No sé si pueda reparar o enmendar los malos momentos que han pasado por mí. Quizá es muy tarde en algunos casos y lo lamentaré profundamente. Pero al menos prometo ser ahora, una pieza de paz en el equipo”.

He sido malo conmigo mismo. Un verdadero villano. Me he quejado al punto de sentirme miserable a pesar de ser realmente una persona muy afortunada. He sido posiblemente un reverendo malagradecido. Si me sigues en redes, seguramente ya sabes que me encanta coleccionar juguetes y juegos de mesa; bueno, en resumen, condicioné mi felicidad a una próxima adquisición. Fue mi manera de querer tapar el vació de no entender realmente el concepto de vivir en armonía. No había punto final: no importaba realmente qué comprara o qué cosa me pasase, igual no me sentía feliz. Fue el apoyo de mi esposa lo que me ayudó a despertar, darme cuenta de que no necesito nada más. No digo que no vaya a comprar algo para mi colección, sino que ya no desde esa posición. La felicidad es el presente. Lo bueno y lo malo. El equilibrio: algo de tristeza y alegría en todo. Aprender a disfrutar y amar la vida; sin conformarse, luchando, pero sin renegar del resultado. Para avanzar no hay que perder el tiempo en cojudeces: hay que hacerse cargo y punto.

Aquí lanzo la moneda al aire. No me puedo calificar como un mal hijo, creo que soy muy responsable y preocupado por mi mamá: la amo y no tengo reparo de decírselo. En el 2021 se volvió a casar y se fue a vivir a Texas. La indiferencia fue mi principal coraza: hacer como si no me afectara pasar navidades o cumpleaños lejos de ella; no llamarla seguido, responderle cortante en algunas ocasiones… No fue consciente al inicio, pero encontré sin querer ese salvavida: no trasmitirle ninguna emoción nostálgica. Pensé en mí más que en ella. Pero creo que es momento de ser mucho más atento con mi madre, llamarla más seguido, seguir compartiendo como antes a pesar de la distancia. Muchas veces nos preocupamos demasiado en cómo llevamos el duelo nosotros mismos, que eliminamos de la ecuación a los demás involucrados. Es importante cuidar nuestro corazón, pero también el de las personas que nos aman.

Hablando de amor, mi esposa es realmente mi motor. Es combustible para mí. Me considero extremadamente afortunado de compartir mis días a su lado. Sé que soy un buen esposo. Pero ¿podría ser mejor? Siempre se puede ser mejor. Llevamos cinco años de casados y creo que he sido el que menos ha cedido de la relación. Finalmente, aunque el resultado terminó siendo favorable, también estaba el camino A: ser yo el que se involucre más en el mundo de ella. No digo que nunca lo haga, pero mi esposa me lleva años de ventaja en eso. Puedo empatarle. Y sería lindo. El amor es eso: empate. Todos ganamos. Un juego cooperativo en el que los dos participantes salen con una sonrisa de victoria.

Cuenta regresiva. Un año nuevo está por comenzar y quedan por delante muchas cosas por hacer, superar, reír; y, sobre todo: disfrutar. No seamos duros con nosotros mismos, felicitemos nuestros logros y aciertos siempre, pero dejemos un espacio de reflexión para las cosas que no salieron bien. El presente rige nuestra vida y nos regala una constante nueva oportunidad. El futuro se construye sobre la marcha y siempre es incierto; pero del pasado: se aprende. Démonos el tiempo de mirar hacia atrás y reflexionar. No siempre seremos los héroes de capa roja. Somos villanos de muchas otras historias, aunque ni lo sepamos. Es parte de ser humano que nos dañen y hacer daño. No por eso se debe volver una costumbre. Aprendiendo del pasado siempre podremos tener un mejor presente. No solo hay que ceñirse a las palmaditas que nos caen en el hombro, sino también en lo que no salió como queríamos: en el fondo cada uno sabe de qué pie cojea y en lo que ha fallado. No tienes por qué escribirlo como yo o siquiera verbalizarlo. Pero regálate esa conversación contigo. Regálate la oportunidad de aprender de ti.

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