Abrí los ojos con dificultad. Me sentí mareado y la cabeza me dolía como si estuviera a punto de explotar. Quise moverme, pero no pude; estaba atado de pies y manos en la oscuridad, sentado en una silla. Intenté gritar, pero el sonido no salió de mi boca. Había sido cosida.
—Perdón, qué descortés de mi parte. No me di cuenta de que ya te habías despertado. ¿Has estado esperando mucho?
Quise gritar otra vez, pero solo logré forzar la cocedura y hacer que mi boca empezara a sangrar. Su simple silueta era escalofriante. Llevaba un vestido largo y un sombrero de sol de ala ancha. Su voz tenía un matiz particular, diferente, áspero y fingido, como si estuviera impostando una voz femenina.
—¿Preguntas? Me imagino que muchas. Voy a matarte. Quizá esa sea la respuesta más importante que debas de tener en cuenta.
Moví mi cuerpo para intentar liberarme, pero era inútil. La mujer estaba en un rincón de la habitación. No podía ver lo que estaba haciendo, pero escuchar ruidos metálicos me ponía aún más ansioso.
—No me decido con qué empezar a hacerte daño. —La mujer prendió el foco que estaba arriba mío, cegándome un poco. Luego, volteó a verme y me sonrió con malicia—. Daño de verdad, querido. Lo de tu boca, es una cortesía, como el aperitivo que te regalan en la bienvenida de un evento.
La mujer del sombrero se me acercó con un cuchillo de caza. Nuevamente, sacudí mi cuerpo e intenté gritar. Mi boca se llenó de sangre. Se escuchó un leve silbido, como si hubiera conseguido liberar al menos un punto de la cosedura. La mujer tenía el rostro excesivamente maquillado y facciones toscas. Podía ver incluso bellos de una barba mal afeitada en su rostro. No era una mujer, pero pretendía serlo para asesinarme.
—¡No me mires así! —gritó y me dio un bofetón en el rostro al sentir mi mirada de espanto—. Eres igual que los otros. Pensé por un instante que serías especial. Pero veo en ti la misma mirada de rechazo y odio.
Miré hacia todas las direcciones posibles buscando una salida, una señal, aunque fuera mínima, que me permitiría analizar una ruta de escape, pero no pude dar con nada. Mi corazón empezó a bombardear con fuerza. Cerré los ojos. No recordaba cómo había acabado en este lugar. Forcé mi memoria y una imagen difusa vino a mi cabeza: se subió a mi taxi, no le presté mucha atención. Era una carrera corta, así que ni siquiera intenté entablar conversación. Cuando llegamos a su destino, le pregunté si era la dirección correcta, ya que estábamos frente a una casa abandonada que lleva años un letrero de «Se vende». Miré por el espejo retrovisor y vi esa sonrisa, la misma que ahora me atormenta. Luego de eso, aparecí aquí, esperando mi muerte.
—Eres el primero, sabes. No voy a negar que me siento nerviosa. Pero intento empezar algo grande.
La mujer del sombrero pegó su rostro al mío. Pude sentir su aliento caliente en mi cara. Me besó en la boca, moviendo sus labios como si hubiera forma de poder corresponderle. Clavó fuertemente el cuchillo en mi muslo izquierdo; grité sin abrir la boca, llevando el dolor por dentro. Sacó el cuchillo con fuerza y lo clavó en mi entrepierna. El dolor fue tan grande que logré despegar la cocedura y gritar con el alma.
—No me esperaba esto —dijo la mujer al ver que podía gritar.
—¡¿Por qué?! ¡¿Por qué yo?! ¡Déjame ir! Por favor, te lo suplico —le imploré mientras miraba con vehemencia el cuchillo que tenía clavado en mis genitales. El dolor era descomunal, no sabía si era orín o sangre el líquido que resbalaba por mis pantalones; o quizá, un poco de ambos.
La mujer empezó a reírse a carcajadas. Le divertía mi locura. Se acercó a mí, nuevamente pegó su rostro al mío y empezó a tocar mi entrepierna. Me ardía el simple contacto; sentía náuseas y la cabeza me daba vueltas.
—No hubiera empezado por ahí tan pronto, fui una tonta, nos hubiéramos podido divertir un poco más —dijo la mujer del sombrero, acariciando mi entrepierna herida. Volvió a acercarse para besarme, pero le mordí los labios con todas mis fuerzas, logrando arrancarle un pedazo.
—Hija de puta. Te vas a acordar de mí toda tu vida. Ahora tu horrible rostro ya tiene un peculiar distintivo y será de gran utilidad para cuando la policía empiece a buscarte —vociferé con el alma, mientras iba poco a poco, perdiendo el conocimiento.
—Tengo miedo, papá. Tengo miedo de decirte quién soy en realidad. Quiero que me veas hermosa y ya no me hagas más daño. Soy hermosa, papá —dijo la mujer, que ya no llevaba sombrero y cuya peluca se le había caído también. Frente a mí, tenía a un hombre con vestido de aproximadamente cuarenta años, agarrándose el rostro ensangrentado, mirándome con unos ojos frenéticos y llenos de ira.
El hombre se me tiró encima, retiró con fuerza el cuchillo de mis genitales y empezó a apuñalarme la cara con ira, una y otra vez, sin parar. Morí en la puñalada número veinte. Pero dejé de sentir dolor desde la diez. La muerte tarda en llegar cuando la esperas con los brazos abiertos.