Puedes leer el primer capítulo aquí: Tengo algo que decirte – Capítulo I
Entré a su casa en silencio, sin agregar más. Cuando llegamos a su sala, me armé de valor, giré para verlo, pensando en adelantarle los hechos, pero fui recibido con un fuerte puñetazo en el pómulo derecho. Caí al suelo, intenté ponerme de pie, pero al sentir que me costaba, decidí quedarme así, vencido.
—Lo siento mucho, Pedro.
—Te consideraba mi mejor amigo, pero eres una mierda.
Las palabras de Pedro fueron como un disparo fulminante, no había necesidad de otra agresión, en sus ojos se veía que haberme golpeado no lo había ayudado a sentirse mejor; ya no había furia en su semblante, pero sí una mirada de decepción hacia mí.
—La verdad, no tengo palabras para justificarme —le dije a Pedro, mientras me ponía de pie.
—Johanna me lo contó todo. Te la encontraste en la fiesta de Micaela e intentaste sobrepasarte con ella. Johanna no quería decirme nada para que no nos peleemos, pero ya no podía cargar más con eso. Se fue hace unos minutos para evitar estar frente a ti. No quería ver esta escena. Le da pena…corrección, le das pena.
Quedé en shock, como si me hubieran echado un balde con agua helada. Me temblaban las piernas, las palabras no salían de mi garganta.
—Tu cara lo dice todo. Me conoces, sabes que la violencia nunca ha sido mi forma. No pienso pedirte disculpas, pero no es que me haya agradado mucho darte un puñete. Aunque te lo merezcas —dijo Pedro, frotando su puño. Golpearme también le había dolido a él.
—Tienes razón, soy una mierda. Te fallé…todo es mi culpa —sentencié, bajando la mirada. Aunque en un inicio no lo quería hacer, acepté la trampa, Johanna saldría librada y toda la culpa sería mía. No dije más, entre lágrimas, me fui de la casa de mi mejor amigo.
El tiempo no cura nada
—Hola, qué tal. Dígame —contesté sin fijarme de quién se trataba. Estaba diez minutos tarde a mi cita con Priscila. Ya le había pedido disculpas, pero se me ocurrió la inteligentísima idea de atender la llamada antes de entrar a la cafetería acordada.
—Te extraño.
No había necesidad de que dijera una palabra más para que reconociera su voz. Habían pasado seis meses desde que fallé en mi intento de confesarle a Pedro la verdad de lo que pasó entre Johanna y yo. Desde entonces, no supe nada de ambos. Me hizo bien desintoxicarme de su piel, de mi adicción a sus besos. Había entendido el mensaje, que no era grato en su vida, asimilado mi derrota como un campeón. Pero ahora su llamada removía mis entrañas, sacudía mis huesos como si hubiera un huracán en el centro de mi cuerpo.
—¿Podemos vernos? —agregó Johanna antes de que pudiera responderle algo.
Miré por la ventana de la cafetería. Me encontré con la mirada de Priscila, saludándome con una sonrisa.
—Sí, veámonos —respondí, tomando posiblemente, la peor decisión de mi vida.
Puedes leer el primer capítulo aquí: Tengo algo que decirte – Capítulo III